La muertita
o la novela que
de Susana Szwarc
Dice Sonia Catela:
En "La muertita o la novela que", todo el espectro de lo que constituye la estructura del ser humano contemporáneo aparece como en un escenario en el que a alguien se le van desgarrando las innumerables pieles superpuestas (convenciones colectivas y rituales, apetito de poder, belicosidad, pecados ecológicos, discriminación, control del otro) y que se nos enciman a medida que el rebaño social opera.
Ella elige un subsuelo como alojamiento, como tantos de nosotros.
Dice Daniel Gigena:
“La ‘muertita’ es la forma en que se nombra en algunos pueblos del noreste de nuestro país a esas jóvenes que, entre deprimidas, idas, un poco temerosas del exterior, deambulan las veredas calurosas o están durante horas sentadas en un banco de la plaza, mirando en retazos y, de a ratos, leyendo -cuenta la autora?. Pero en esta nouvelle, los personajes están en la gran ciudad y esta muertita viaja en los subtes y recorre las calles hasta que se instala en una de las tantas zonas habitacionales de la gran ciudad: un sótano alquilado.” Desde ese subsuelo los ojos de la chica dan justo en el lavadero de enfrente, donde trabaja uno de los personajes más atractivos del relato, María Marina, una transexual que cuida a un bebé como si fuera propio.
“Un animal anonadado, eso era la muertita. Nada que ver con el ratón de ojos inteligentes”, se lee al inicio de “la novela que”, género ideado por Szwarc para condensar sentidos incompletos; estructuras que oscilan entre el verso libre y el fluir de conciencias, entre la creación de situaciones y los sucesos reconstruidos a contramano. “¿Una especie de universo a lo Rulfo, una especie de zona fantasmagórica donde sin embargo el humor prevalece? -se pregunta Szwarc. O tal vez un mundo bekettiano, donde se espera a Godot con la diferencia de que en la espera se suceden reuniones, sonido y furia, canciones, algún nuevo reencuentro.” La muertita y la novela que contiene la metáfora del desplazamiento semántico constante; es así como en la nouvelle se pueden leer hojas de ruta que van hacia distintas zonas... (cliquee para leer la nota completa)
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Fotografía: Clara Vasco |
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fotografía: Clara Vasco |
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La muertita o la novela que, de Susana Szwarc
(fragmentos)
"—Comencé a trabajar en el lavadero. Me enteré que la mujer de Wang Sung había muerto en el parto y Wang se ocupaba del pequeño Juan Tse.
Wang y yo nos enamoramos locamente. Los días y las noches eran una fiesta. Hasta que vi a Wang temblar. No supe qué había leído en su computadora. Sólo dijo que tenía que volver a su ciudad, a Kunming. Que por favor me ocupara de Wang, que volvería pronto, que era un viaje de ida y vuelta.
Pasaron cuatro años.
Entonces Juan Tse se agarró con fuerza a su mamadera y todavía no quiere soltarla. Yo creo que habrá tiempo, que no es cuestión de abandonar de golpe los placeres..."
“Un animal anonadado, eso era la muertita. Nada que ver con el ratón de ojos inteligentes.”
La muertita o la novela que de Susana Szwarc
por Walter Romero
Texto
leído en Casa Brandon el día 8 de junio de 2016 con motivo de la presentación
de la novela
La novela de Susana Szwarc es
una novela sobre la demolición y sobre la muerte cotidiana, pero también sobre
lo ascensional, sobre lo posible de nuestros días. Es una novela sobre no
malgastar la palabra: no hay ripio, no hay digresión; hay micro detalles, micro
narrativas injertadas. Y es una novela sobre una historia que se narra desde el
subsuelo, desde un inframundo muy humano, muy mortal diría, desde un punto de
vita que, sin embargo, desde esa plataforma baja ve el mundo: quiere cantar,
quiere sacar fotos, quiere tener un perro…es una novela sobre el anhelo o sobre
esos anhelos quebrados, como el título que queda trunco, que no acaba o
clausura el sintagma y abre así una posibilidad más infinita.
¿Qué texto es La muertita?
¿Una falsa novela policial?
Acaso se le escabulleron o se le escaparon
algunos elementos: hay un cadáver, hay dos detectives, hay sangre pero
falta el armazón; por eso es una novela con lo que queda, lo que resta:
esqueletos de una forma, o novela que trabaja con las formas pero sin llenarlas
ni rellenarlas, que duda de que la palabra complete. Eso que es mejor que el
lector lo termine o cierre
¿Una novela china? Tiene varios
indicios y hasta las unidades de peligro y de salvación parecen venir de ese
exotismo cercano, de esa orientalidad doméstica que atraviesa Buenos Aires, en
eso es una novela de las antípodas del acá
nomas: la muertita puede vivir en un sótano cualquiera de Buenos Aires
frente a un lavadero chino.Pero no habilita demasiado la “narración china”, es
deceptiva una vez más; pienso en la mafia china, en la posibilidad de esa
narración paralela, y me la deja en suspenso. La muertita es una novela sobre las formas narrativas aleladas,
vaciadas de sobrecontenido; Szwarc, con tarea de artesana, pone a colgar las
formas narrativas para que se aireen y las cuelga en sogas o en hilos que son,
a suvez, la fantasmática siempre presente de la muerte —o del suicido—de esas
mismas formas: la muerte de la novela, la muerte de la narración tal como la
conocemos; las cuelga para mostrarnos —o ponernos en la cara— el hastío de lo
sobre narrado de nuestraera, de lo sobre escrito, por eso se expresa en
coágulos, en párrafos solos y colgados en la página, que el lector una vez más
sutura, une, enlaza.
¿Un cuento de hadas negro? En
la tradición kafkiana, es decir, en la tradición del coleóptero checo de La metamorfosis. Gregor Samsa es el
antecesor de la muertita como personaje del anonadamiento, que nada tiene que
ver con el ratón de ojos inteligentes,
pero cuidado que en el texto hay cobradores de expensas, hay detectives, formas
ominosas del conte de féesnegro como
los tres hombres barbudos kafkianos. Y no hay una hermana que toque el violín,
pero hay un canto que desea salir de ese estado de dominación a la que la
muertita está confinado y su canto —como si cantar “fuera buscar la arena de
los vidrios”— se enlaza con el libertario deseo de ese otro personaje femenino
María marina, nacida en Villaguay y que canta tangos como Azucena Maizani. O
también puede ser la versión oscura de la cenicienta urbana, tullidita, hecha
de costuras (como un personaje de Tim Burton) con esa remera que se pone al
revés y que pone de manifiesto las junturas…como cuando sin darse cuenta la
muertita “se dio cuenta que había traído el zapato”: hay algo de ese humor
negro y oscuro, ominoso, en la relectura ya sea de Kafka o de los cuentos
tradicionales intervenidos, que me remite a dos textos con los cuales esta
novela entra en franca sintonía:
·
La
amortajada de la inmensa chilena María Luisa Bombal: la amortajada, la
liviana de toda pena, la Ana
María que narra su devenir surreal y mortuorio.
·
Y en clave de humor negro, El caso de la mujer asesinadita del español Miguel Mihura, donde la
dramaturgia onírica cruza los indios sioux (que para mí son los chinos de esta
novela) con un caso de muerte, pero que con delicadeza y dulzura hace del
diminutivo asesinadita/muertita todo un símbolo.
La
muertita es la novela de un desmoronamiento, de lo que no concluye o
se va desarmando ante nuestros ojos, como si viéramos descascararse una pared,
como si viéramos el desconcharse de una silla, como si viéramos el
despellejamiento en vivo de un libro como si fuera un animal viviente.Y esa humanidad
mortal y hecha de costuras encarna en la muertita, que se lastima y sangra. O
que está ultra viva en las amplificaciones sonoras de una novela que agranda en
ecos con tonos beckettianos el descascaramiento del lenguaje, de la frase, del
sintagma que se rompe y se astilla.
Pero una de los dones de este
texto, una de sus ternuras que tiene muchas y que me recuerdan a las ternuras
que en pocos encuentros pude conocer de Szwarc persona, ya no la poeta o la
mujer de letras nacida en el sonoro Quitilipi, es lo inmotivado de las
acciones, porque ahí también opera un arte de la fuga, un arte donde la
voluntad una vez más queda vaciada de poder y las acciones ocurren como el arte
ocurre: acaso por el maravilloso y gratuito “porque si…”
Novela neoexistencial, diré
para ponerle nombre o meter este texto raro en las taxonomías caras al profesor
de literatura que soy. “Todos somos la muertita”, todos somos un poco este
personaje funambulesco, hecho de puros estados, hecho de la preferencia por los
sótanos, atravesado por el anonadamiento y que a veces tenemos que tocar la
ceja para saber que hay un cuerpo, personaje que “parece” vertical pero que se
nos presenta como en el yacer de las mínimas muertes de todos los días. Un
momento crucial de este relato me hizo detenerme y levantar la cabeza (de
manera barthesiana), con un puntual pretérito perfecto simple la muertita dice:
morí. Y lo dice como quien se suicida en un estornudo o como quien lo deja a
uno —como esta novela de Szwarc— felizmente, con todas
las preguntas en la boca.-
Realidad sin rouge Sobre La muertita o la novela quede Susana Szwarc,
Liliana Heer
Abrir el hocico a una quimera desconocida, ahí donde el melodrama
parece asomar, pero no. Se trata de la desventura tragi-cómica del vivir
cotidiano. Quiebre, circulación de voces, mirada carente de polvo de estrellas.
Acaso, ensueño con la fatalidad bajo gesto menor. Todo se mueve, palpita. En el
subsuelo un respiro, ventana a través del perfecto campo de la ficción.
En suspenso el vodevil
Casi en la calle, a sala llena de misterio, en paralela
relación habitual, aparece algún hecho, algún diálogo. Y se le ha dado a los hombres el más peligroso de los bienes, el
lenguaje, escribió un poeta.
“Se te ve cabizbaja, le dijo un vecino, y la muertita hizo
una inclinación con la cabeza”. Todo ocurre en avance, a puro desvío, con la
gracia de un estornudo, siguiendo-a la letra- fórmulas de función intransitiva.
Contra engendros simbólicos y otros destajos, Susana Szwarc
inventa una novela en dimensión épica. Hábilmente desborda la recta instalando series,
gombrowicziadas sucesiones continuas y discontinuas: un ahora, una ligadura,
una temporalidad que supone percepción reduplicada en instante preciso.
Secuelas Proust.
Asomada a la ventana, la muertita ve al niño chino tomando la
mamadera que el niño chino al terminar de beber arroja hacia la ventana.

Engañar a la lengua, desmentir, morder los nombres propios,
esa chispa agridulce pidiendo gozar. ¿Por qué no? Venga una escena para que el
esmerilado de los sentidos cojee: ilusión doble, teatral, tatuada por un primer
asesinato. No es Caín-Abel, se sabe en la
novela que la sangre, el color uña entre rejas azules, se introdujo antes y
no dejó de salir hasta terminar enjaulada por una curita. Automóvil-música-sombras. ¿Cálculo o improvisación? Al cadáver lo
plantaron después. Nadie lo vio. Siguió el camino del asesino, sólo quedó un
zapato. Hasta ser requerido, el fetiche había sido incorporado al subsuelo.
Nada que decir sobre esa ofrenda.
Casting vecinal: la mujer del lavadero, donde vive el niño
chino, podría actuar junto a la muertita en un film de Polanski. En ciertas
páginas hay ecos de El inquilino,
pero hasta ahí. Una manera distinta de ir al encuentro de lo real. La muertita
no siempre está sola, ambas sienten alivio cuando ven alejarse a los
detectives.

Estrategia vecinal: puertas lacradas si vienen a cobrar.
La muertita lee mientras come una banana, como distingue
entre original y traducción, los plátanos ingeridos por el personaje se mezclan
a los fresnos y otros árboles de estación.
Nuevamente el auto-el ruido-la música. Diálogo inaudible por
el celular. No quiero seguir paseando el cadáver. No quiero que lo entierres
acá.
Susana Szwarc realiza una operación conjunta, vuelve
simultánea la trama. El decorado es demolido, del vacío surgen nombres: la
mujer del lavadero es María Marina, el niño Juan Tse. Golpes en la puerta del
subsuelo. Vale más no hablar la misma
lengua y afrontar las quemaduras de lo incomprensible, escribe Sibony. El
niño entiende chino y tiene visiones, ella es de Gualeguay, sus uñas van
perdiendo color. Así como no terminaba de planchar, María Marina habla, habla,
habla, no termina de hablar. “La muertita no tenía fuerza para tantas palabras
seguidas”. Palabras que ustedes, espectadores y seguramente inmediatos
lectores, podrán continuar hasta el final para volver a leer esta novela una y
otra vez.
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Obras suyas fueron representadas en varios teatros como Liberarte, El camarín de las musas y el Centro Cultural de la Cooperación. Forma parte del Club argentino de kamishibai (teatro de papel).
Algunos de sus poemas y cuentos han sido traducidos a varios idiomas como el chino mandarín, el rumano, el polaco, entre otros. El libro Bárbara dice, fue recientemente traducido al francés y, de próxima aparición: El ojo de Celan, al italiano.
Ha recibido diversos premios, entre otros el Nacional-iniciación- Poesía; subsidio Fundación Antorcha por novela y premio Regional Secretaría Nación de novela. Premio único de poesía por la Cultura Ciudad de Buenos Aires.
En el 2011 fue estrenado en Carlos Paz (Córdoba), por el compositor Cristian Varela, la ópera No camines en el barro, basado en el cuento del mismo nombre,del libro El artista del sueño.
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