"La muertita o la novela que" de Susana Szwarc

La muertita 
o la novela que

de Susana Szwarc



Dice Sonia Catela:

En "La muertita o la novela que", todo el espectro de lo que constituye la estructura del ser humano contemporáneo aparece como en un escenario en el que a alguien se le van desgarrando las innumerables pieles superpuestas (convenciones colectivas y rituales, apetito de poder, belicosidad, pecados ecológicos, discriminación, control del otro) y que se nos enciman a medida que el rebaño social opera.
"La muertita" elige su propia dirección a contramano, dentro de ese núcleo social que nos condiciona.
Ella elige un subsuelo como alojamiento, como tantos de nosotros.

Dice Daniel Gigena:

“La ‘muertita’ es la forma en que se nombra en algunos pueblos del noreste de nuestro país a esas jóvenes que, entre deprimidas, idas, un poco temerosas del exterior, deambulan las veredas calurosas o están durante horas sentadas en un banco de la plaza, mirando en retazos y, de a ratos, leyendo -cuenta la autora?. Pero en esta nouvelle, los personajes están en la gran ciudad y esta muertita viaja en los subtes y recorre las calles hasta que se instala en una de las tantas zonas habitacionales de la gran ciudad: un sótano alquilado.” Desde ese subsuelo los ojos de la chica dan justo en el lavadero de enfrente, donde trabaja uno de los personajes más atractivos del relato, María Marina, una transexual que cuida a un bebé como si fuera propio.
“Un animal anonadado, eso era la muertita. Nada que ver con el ratón de ojos inteligentes”, se lee al inicio de “la novela que”, género ideado por Szwarc para condensar sentidos incompletos; estructuras que oscilan entre el verso libre y el fluir de conciencias, entre la creación de situaciones y los sucesos reconstruidos a contramano. “¿Una especie de universo a lo Rulfo, una especie de zona fantasmagórica donde sin embargo el humor prevalece? -se pregunta Szwarc. O tal vez un mundo bekettiano, donde se espera a Godot con la diferencia de que en la espera se suceden reuniones, sonido y furia, canciones, algún nuevo reencuentro.” La muertita y la novela que contiene la metáfora del desplazamiento semántico constante; es así como en la nouvelle se pueden leer hojas de ruta que van hacia distintas zonas... (cliquee para leer la nota completa)


Fotografía: Clara Vasco


fotografía: Clara Vasco
















*
La muertita o la novela que, de Susana Szwarc
(fragmentos)

"—Comencé a trabajar en el lavadero. Me enteré que la mujer de Wang Sung había muerto en el parto y Wang se ocupaba del pequeño Juan Tse.
Wang y yo nos enamoramos locamente. Los días y las noches eran una fiesta. Hasta que vi a Wang temblar. No supe qué había leído en su computadora. Sólo dijo que tenía que volver a su ciudad, a Kunming. Que por favor me ocupara de Wang, que volvería pronto, que era un viaje de ida y vuelta.
Pasaron cuatro años.
Entonces Juan Tse se agarró con fuerza a su mamadera y todavía no quiere soltarla. Yo creo que habrá tiempo, que no es cuestión de abandonar de golpe los placeres..."

“Un animal anonadado, eso era la muertita. Nada que ver con el ratón de ojos inteligentes.”


La muertita o la novela que de Susana Szwarc

por Walter Romero



Texto leído en Casa Brandon el día 8 de junio de 2016 con motivo de la presentación de la novela

La novela de Susana Szwarc es una novela sobre la demolición y sobre la muerte cotidiana, pero también sobre lo ascensional, sobre lo posible de nuestros días. Es una novela sobre no malgastar la palabra: no hay ripio, no hay digresión; hay micro detalles, micro narrativas injertadas. Y es una novela sobre una historia que se narra desde el subsuelo, desde un inframundo muy humano, muy mortal diría, desde un punto de vita que, sin embargo, desde esa plataforma baja ve el mundo: quiere cantar, quiere sacar fotos, quiere tener un perro…es una novela sobre el anhelo o sobre esos anhelos quebrados, como el título que queda trunco, que no acaba o clausura el sintagma y abre así una posibilidad más infinita.
¿Qué texto es La muertita?
¿Una falsa novela policial? Acaso se le escabulleron o se le escaparon  algunos elementos: hay un cadáver, hay dos detectives, hay sangre pero falta el armazón; por eso es una novela con lo que queda, lo que resta: esqueletos de una forma, o novela que trabaja con las formas pero sin llenarlas ni rellenarlas, que duda de que la palabra complete. Eso que es mejor que el lector lo termine o cierre
¿Una novela china? Tiene varios indicios y hasta las unidades de peligro y de salvación parecen venir de ese exotismo cercano, de esa orientalidad doméstica que atraviesa Buenos Aires, en eso es una novela de las antípodas del acá nomas: la muertita puede vivir en un sótano cualquiera de Buenos Aires frente a un lavadero chino.Pero no habilita demasiado la “narración china”, es deceptiva una vez más; pienso en la mafia china, en la posibilidad de esa narración paralela, y me la deja en suspenso. La muertita es una novela sobre las formas narrativas aleladas, vaciadas de sobrecontenido; Szwarc, con tarea de artesana, pone a colgar las formas narrativas para que se aireen y las cuelga en sogas o en hilos que son, a suvez, la fantasmática siempre presente de la muerte —o del suicido—de esas mismas formas: la muerte de la novela, la muerte de la narración tal como la conocemos; las cuelga para mostrarnos —o ponernos en la cara— el hastío de lo sobre narrado de nuestraera, de lo sobre escrito, por eso se expresa en coágulos, en párrafos solos y colgados en la página, que el lector una vez más sutura, une, enlaza.
¿Un cuento de hadas negro? En la tradición kafkiana, es decir, en la tradición del coleóptero checo de La metamorfosis. Gregor Samsa es el antecesor de la muertita como personaje del anonadamiento, que nada tiene que ver con el ratón de ojos inteligentes, pero cuidado que en el texto hay cobradores de expensas, hay detectives, formas ominosas del conte de féesnegro como los tres hombres barbudos kafkianos. Y no hay una hermana que toque el violín, pero hay un canto que desea salir de ese estado de dominación a la que la muertita está confinado y su canto —como si cantar “fuera buscar la arena de los vidrios”— se enlaza con el libertario deseo de ese otro personaje femenino María marina, nacida en Villaguay y que canta tangos como Azucena Maizani. O también puede ser la versión oscura de la cenicienta urbana, tullidita, hecha de costuras (como un personaje de Tim Burton) con esa remera que se pone al revés y que pone de manifiesto las junturas…como cuando sin darse cuenta la muertita “se dio cuenta que había traído el zapato”: hay algo de ese humor negro y oscuro, ominoso, en la relectura ya sea de Kafka o de los cuentos tradicionales intervenidos, que me remite a dos textos con los cuales esta novela entra en franca sintonía:
·       La amortajada de la inmensa chilena María Luisa Bombal: la amortajada, la liviana de toda pena, la Ana María que narra su devenir surreal y mortuorio.
·       Y en clave de humor negro, El caso de la mujer asesinadita del español Miguel Mihura, donde la dramaturgia onírica cruza los indios sioux (que para mí son los chinos de esta novela) con un caso de muerte, pero que con delicadeza y dulzura hace del diminutivo asesinadita/muertita todo un símbolo.
La muertita es la novela de un desmoronamiento, de lo que no concluye o se va desarmando ante nuestros ojos, como si viéramos descascararse una pared, como si viéramos el desconcharse de una silla, como si viéramos el despellejamiento en vivo de un libro como si fuera un animal viviente.Y esa humanidad mortal y hecha de costuras encarna en la muertita, que se lastima y sangra. O que está ultra viva en las amplificaciones sonoras de una novela que agranda en ecos con tonos beckettianos el descascaramiento del lenguaje, de la frase, del sintagma que se rompe y se astilla.
Pero una de los dones de este texto, una de sus ternuras que tiene muchas y que me recuerdan a las ternuras que en pocos encuentros pude conocer de Szwarc persona, ya no la poeta o la mujer de letras nacida en el sonoro Quitilipi, es lo inmotivado de las acciones, porque ahí también opera un arte de la fuga, un arte donde la voluntad una vez más queda vaciada de poder y las acciones ocurren como el arte ocurre: acaso por el maravilloso y gratuito “porque si…”

Novela neoexistencial, diré para ponerle nombre o meter este texto raro en las taxonomías caras al profesor de literatura que soy. “Todos somos la muertita”, todos somos un poco este personaje funambulesco, hecho de puros estados, hecho de la preferencia por los sótanos, atravesado por el anonadamiento y que a veces tenemos que tocar la ceja para saber que hay un cuerpo, personaje que “parece” vertical pero que se nos presenta como en el yacer de las mínimas muertes de todos los días. Un momento crucial de este relato me hizo detenerme y levantar la cabeza (de manera barthesiana), con un puntual pretérito perfecto simple la muertita dice: morí. Y lo dice como quien se suicida en un estornudo o como quien lo deja a uno —como esta novela de Szwarc— felizmente, con todas las preguntas en la boca.-


Realidad sin rouge Sobre La muertita o la novela quede Susana Szwarc, 

 Liliana Heer


Abrir el hocico a una quimera desconocida, ahí donde el melodrama parece asomar, pero no. Se trata de la desventura tragi-cómica del vivir cotidiano. Quiebre, circulación de voces, mirada carente de polvo de estrellas. Acaso, ensueño con la fatalidad bajo gesto menor. Todo se mueve, palpita. En el subsuelo un respiro, ventana a través del perfecto campo de la ficción. 
En suspenso el vodevil
Casi en la calle, a sala llena de misterio, en paralela relación habitual, aparece algún hecho, algún diálogo. Y se le ha dado a los hombres el más peligroso de los bienes, el lenguaje, escribió un poeta.
“Se te ve cabizbaja, le dijo un vecino, y la muertita hizo una inclinación con la cabeza”. Todo ocurre en avance, a puro desvío, con la gracia de un estornudo, siguiendo-a la letra- fórmulas de función intransitiva.
Contra engendros simbólicos y otros destajos, Susana Szwarc inventa una novela en dimensión épica. Hábilmente desborda la recta instalando series, gombrowicziadas sucesiones continuas y discontinuas: un ahora, una ligadura, una temporalidad que supone percepción reduplicada en instante preciso. Secuelas Proust.
Asomada a la ventana, la muertita ve al niño chino tomando la mamadera que el niño chino al terminar de beber arroja hacia la ventana.
A través de líneas de montaje, tiempo y espacio copulan. “La muertita comenzó a viajar… Llegaba al final del viaje, cambiaba de vagón, llegaba a una estación cualquiera, volvía a cambiar de vagón". De una manera u otra, agujereando lugares, Szwarc organiza una lógica que induce efectos de captura. Partir, comer, beber, mirar, viajar, alucinar. Vio a Marcelo pero no era él -se había suicidado tiempo atrás.
Engañar a la lengua, desmentir, morder los nombres propios, esa chispa agridulce pidiendo gozar. ¿Por qué no? Venga una escena para que el esmerilado de los sentidos cojee: ilusión doble, teatral, tatuada por un primer asesinato. No es Caín-Abel, se sabe en la novela que la sangre, el color uña entre rejas azules, se introdujo antes y no dejó de salir hasta terminar enjaulada por una curita. Automóvil-música-sombras.  ¿Cálculo o improvisación? Al cadáver lo plantaron después. Nadie lo vio. Siguió el camino del asesino, sólo quedó un zapato. Hasta ser requerido, el fetiche había sido incorporado al subsuelo. Nada que decir sobre esa ofrenda.
Casting vecinal: la mujer del lavadero, donde vive el niño chino, podría actuar junto a la muertita en un film de Polanski. En ciertas páginas hay ecos de El inquilino, pero hasta ahí. Una manera distinta de ir al encuentro de lo real. La muertita no siempre está sola, ambas sienten alivio cuando ven alejarse a los detectives.
Escasean posturas de relax, aunque la protagonista mire, aunque sonría de ver tanto trajinar, el brazo de la mujer no hace tiempo para reposar en las rejas azules. Lava que te plancha culpa del apagón.
Estrategia vecinal: puertas lacradas si vienen a cobrar.
La muertita lee mientras come una banana, como distingue entre original y traducción, los plátanos ingeridos por el personaje se mezclan a los fresnos y otros árboles de estación. 
Nuevamente el auto-el ruido-la música. Diálogo inaudible por el celular. No quiero seguir paseando el cadáver. No quiero que lo entierres acá.

Susana Szwarc realiza una operación conjunta, vuelve simultánea la trama. El decorado es demolido, del vacío surgen nombres: la mujer del lavadero es María Marina, el niño Juan Tse. Golpes en la puerta del subsuelo. Vale más no hablar la misma lengua y afrontar las quemaduras de lo incomprensible, escribe Sibony. El niño entiende chino y tiene visiones, ella es de Gualeguay, sus uñas van perdiendo color. Así como no terminaba de planchar, María Marina habla, habla, habla, no termina de hablar. “La muertita no tenía fuerza para tantas palabras seguidas”. Palabras que ustedes, espectadores y seguramente inmediatos lectores, podrán continuar hasta el final para volver a leer esta novela una y otra vez.


Añadir leyenda
Susana Szwarc  (Quitilipi, Chaco, en 1954)  ha publicado  libros de poesía y narrativa.  Entre los últimos, figuran: La mesa roja, antología de 30 años de escritura (2012) y El ojo de Celan, poesía (2014); en literatura infantil, Había una vez una gota y Había una vez un circo, entre otros.
Obras suyas fueron representadas en varios teatros como Liberarte, El camarín de las musas y el Centro Cultural de la Cooperación. Forma parte del Club argentino de kamishibai (teatro de papel).
Algunos de sus poemas y cuentos han sido traducidos a varios idiomas como el chino mandarín, el rumano, el polaco, entre otros.  El libro Bárbara dice, fue recientemente traducido al francés y, de próxima aparición: El ojo de Celan, al italiano. 
Ha recibido diversos premios, entre otros el Nacional-iniciación- Poesía;  subsidio Fundación Antorcha por novela  y premio Regional Secretaría Nación de novela. Premio único de poesía por la Cultura Ciudad de Buenos Aires.
En el 2011 fue estrenado en Carlos Paz (Córdoba), por el compositor Cristian Varela, la ópera No camines en el barro, basado en el cuento del mismo nombre,del libro El artista del sueño.



Libros presentados en el 2015 y lo que se viene para el 2016


De mala gana, Anna Pinotti


2015










El damero de los sueños, Gerardo David Curiá


Todo lo que calla el que canta, Leticia Hernando















Un día en las vidas de Jorge-Matías, de isabel Garin


Caldén, Gerardo David Curiá






2016
-

La muertita o la novela que, de Susana Szwarc
 (nouvelle, colección la mariposa y la iguana)

La existencia del Mocha Celis 
o la visbilidad en la invisbilidad educativa, de Sabrina Testa
(colección de ensayos práxis)

Mi madre favorita tiene biceps, de Lilian Laura Ivanchow  
 (cuentos, colección la mariposa y la iguana)

Dentelladas, de Soledad Gómez Novaro
(poesía, plaquettes de la mariposa y la iguana)

-

La doble, de Paula Jiménez España
(cuentos de género, colección la mariposa y la iguana)

La siesta, de Claudia Masín
(poesía, coleccción la mariposa y la iguana)

Rama, rama, Rama negra, de Adela Basch
(poemas de Adela Basch con fotografías de Silvia Sergi)

Mi vida sin Channel, de David G.
(novela)


Colección palimpsesto

2015











"De Mala gana" de Anna Pinotti




"Un concierto sostenido con un único instrumento, que no es. Palabras que caen produciendo sonido, articulando el ritmo del cuerpo de mala gana, tensando, aflojando, más, contra las cuerdas. Cuerpo cóncavo que al ser golpeado anuncia, convoca. Una convocatoria de sentido, concertación, negociación que falla. Sentido que se fuga en grito animal. La campana es el antiguo alarido de ese prójimo que pone de manifiesto el engaño del orden mismo."
Andrea López Kosak


Anna Pinotti



Anna Pinotti, Montevideo, Uruguay, 1973. 
Publicó:
Cataratas, Córdoba, Argentina, Colección El Don Vedado, Editorial Yügen, 2004.
Para el orden de la orden, Buenos Aires, Argentina, Ediciones la mariposa y la iguana, 2013.
Qué cuerpo para qué momento, Buenos Aires, Argentina, Colección de ensayos praxis, Ediciones la mariposa y la iguana, 2013.






Para dejar por un lado
Y por el otro
En claro
Los espacios necesarios donde sostener el aliento
Sin agitar de más
Primero lo primero después
Lo otro
Siguiendo los pasos sin perderse
De la mayoría
Que ha resuelto no pensar en los detalles
Me pareció escuchar
Esa letra que sabía a otra
Cada vez más grave
Hasta el cuello
Hasta las manos quedaron pegadas
Del contexto
Dadas las pretensiones
Del menú

Propia
De una estrategia
Al menos hasta ahora no reconocida
Por el ímpetu del escriba o
La incómoda realidad de encontrar
Menos
Que más
Acordes a los acordes
Acorde
A los reclamos de la orquesta
Que resisten las proezas al borde del escenario
Conectados
Al mismo transformador y sin embargo
No es la razón
Lo que confiere seriedad y formalidad a la cuestión sino
El tono
Cuanto menos más
Escuché
Y me detuve ante la oferta la
Negociación del mismo lado prometía
Una consecutiva relación de hechos
Por descarte
O redistribución
Y dejé de inmediato ese lugar por otro
Para otro momento en otro
Estante el estandarte tembló y yo de pié
Haciendo fuerza
Contrapeso contra
Natura
Como dios 

Desde la raíz hasta las uñas
Fue creciendo esa habilidad para revelar
Por no faltar a un acuerdo
De partes
Sólo lo necesario
Para crear un clima
Dijo lo dicho ha pedido
Y no volverá
A repetirlo por éste medio o mitad
Insignificante
Fuera del marco de moda de la moda
Actual
Y mañana
Dijo
Es una decisión apresurada hablar
Dadas las condiciones
Me retiro de la escena sin crimen
Sin haber podido.

*


Presentación del libro De  Mala Gana*

María Laura Suarez


En primer lugar, quisiera decir que hablar de un libro de poemas es algo difícil. Incluso diría que es hasta muy peligroso.
Si hago una muy buena presentación, si hago una presentación clara y completa, ustedes podrán decir: ¿entonces para qué voy a leer el libro si ya me lo contó? Y si hago una presentación mala y confusa, ustedes podrán decir: el libro debe ser todavía peor, así que no lo voy a leer. Ahora bien, si una es la presentadora, la cuestión es mucho más embarazosa.
Si digo que se trata de un excelente libro, me dirán: y que va a decir, si es la presentadora. No va a decir que es malo. Pero si hago críticas, autocríticas, van a decir seguramente: si a ella misma no le parece bueno, debe ser realmente muy malo. Así que me encuentro casi en la imposibilidad de hablar del libro. De modo que en vez de hablar directamente del libro, voy a comenzar a hablar de mí. Es un tema menos peligroso.

Para empezar, me gustaría comentar lo cerca que estoy de Anna en este libro, no sólo porque originé el diseño de la portada, sino también porque en este trabajo hay una idea central que respaldo completamente y es la noción de dominación y sus consecuencias.

Y es que habitamos un mundo poblado de proyectos ajenos, unos en acción y otros cristalizados en artilugios que han sido significados y manufacturados por otros, que además de imprimirlos en el cuerpo de las cosas, han fijado culturalmente sus reglas de uso: suba, baje, espere el cambio de luz, corte por la línea de puntos, lea cuidadosamente las instrucciones...,pero también: compre; venda; gane; deposite aquí su dinero; llene la solicitud con letra mayúscula; no insista, no hay vacantes...;y con demasiada frecuencia: calle, afloje, baje la cabeza… Un extrañamiento ominoso que De Mala Ganalleva al extremo.

Por cierto no crean que la originalidad de De Mala Gana consista en evidenciar la sumisión. La historia de la literatura nos dijo mucho sobre luchas contra estados de cosas que eran potentes, ofensivos o aplastantes. El desafió es preguntarnos en qué medida hemos incorporado a nuestras mentes la imposibilidad de hacer algo distinto. 

La filosofía de De Mala Gana es una filosofía de la necesidad: todo es necesario, todo es obligatorio y salirse es imposible. El discurso de la imposibilidad es en ella aplastante. 

En cualquier caso De Mala Gana aparece como la única opción, disfruta de una hegemonía prácticamente indiscutida. No se le conciben alternativas, y moviliza todo su aparato para asegurarse que los conflictos eviten el verdadero conflicto.

Bajo el lema de respire la diferencia capta el interés general, y las tensiones, que incluso a primera vista la contradicen, empiezan a funcionar como argumentaciones en su favor.

Pienso que su encanto es arremeter contra nuestras ideas más queridas para demostrarnos que vivimos en una naturalización sorprendente: pocos son los que se atreven siquiera a soñar utopías sobre posibles alternativas.

Con frecuencia todos nosotros estamos sometidos y extenuados. El enemigo de la libertad es el cansancio y la apatía. No estar cansados es un gran deber político, y no es el más fácil de cumplir.

Pero volvamos a los poemas, si es que en algún momento nos apartamos de ellos. Sabiendo que ustedes todavía no leyeron el libro, quisiera acercárselos valiéndome de una picardía básica, leerles el final. En los últimos versos De Mala Gana dice:

Ya no
Se puede llevar todo a la boca y tragar
Escuchás
No son campanas

Ahora les toca a ustedes ir para atrás en el libro, antes que las decisiones claves hayan pasado y se genere ésta situación que les acabo de leer.

Simplemente decir: ¿Estamos condenados a movernos exclusivamente dentro de las relaciones actuales o podemos, al menos provisionalmente, interrumpir su mecanismo? ¿Cuál es la idea dominante hoy? O, si ustedes quieren, ¿cuál es, nuestra creencia natural?


Muchas gracias por escucharme.
Muchas gracias Anna por este libro.

3-12-2015



* Anna Pinotti, Ediciones la mariposa y la iguana, 2015




El último Lorca, "poesía y teatro de escándalo"




Federico García Lorca
      
 El público 
teatro surrealista







ISBN:978-987-3808-04-3



«El público», teatro surrealista y barroco, precursor del teatro del absurdo, tiene una larga historia de censura: fue escrita en 1930, publicada póstumamente en 1976 y estrenada profesionalmente en 1984.
En su viaje a Nueva York, Lorca, liberado de las presiones de la sociedad tradicional española, escribe lo que él llama «poesía y teatro de escándalo». Lorca consideraba a «El público» su mejor obra.
En esta obra no sólo hace una abierta defensa de la homosexualidad y el amor libre, sino que quiere subvertir el teatro mismo, arrancar las máscaras, al teatro y al público, sacudir a éste de su lugar de espectador y censor. Busca romper con todas las convenciones y fundar lo que él llama: «teatro bajo la arena», para que se sepa «la verdad de las sepulturas».

«En medio de la calle la máscara nos abrocha los botones y evita el rubor imprudente que a veces surge en las mejillas. En la alcoba, cuando nos metemos los dedos en las narices, o nos exploramos delicadamente el trasero, el yeso de la máscara oprime de tal forma nuestra carne que apenas si podemos tendernos en el lecho...»
*





Federico García Lorca
      
 Diván del Tamarit
Sonetos del amor oscuro




ISBN: 978-987-3808-05-0




Poesía de escándalo, en palabras del autor, Sonetos del amor oscuro es un poemario inconcluso recopilado póstuma y tardíamente. La reticencia de la famila con respecto a la homosexualidad de Lorca, postergó su publicación y hizo al desarrollo de una leyenda alrededor de los mismos, que circularon en menciones, algunas publicaciones parciales y/o subterráneas.
El Diván del Tamarit, también dedicado al «amor oscuro» e inédito en vida del autor, es un poemario posterior a Poeta en Nueva York, que implica una vuelta a las formas folklóricas y tradicionales, en este caso la poesía arábigo-andaluza, pero ya totalmente atravesadas por las poéticas de vanguardia, en especial el surrealismo, y la experiencia de haber vivido en Nueva York en plena crisis del ’29.
*



Federico García Lorca
      
 Poeta en Nueva York
(1929-1930)





ISBN: 978-987-45398-7-8



Este es el máximo poemario de Federico García Lorca. Acá abandona las formas tradicinales para
adoptar las formas de las nuevas vanguardias. Escrito entre 1929 y 1930 cuando viaja a Nueva
York para impartir unas conferencias en la Universidad de Columbia que coinciden con el crack
financiero del ‘29, el derrumbe de la bolsa en el corazón mismo del capitalismo.
Es una denuncia hacia el capitalismo con toda su crueldad y barbarie, las formas de vida de la sociedad
moderna y el maltrato a las minorías. 
*


Federico García Lorca (1898-1936) Inmenso artista español. Más conocido como poeta y dramaturgo, también fue músico y dibujante. Se destaca por combinar las formas tradicionales con las nuevas vanguardias.
Nace en un entorno rural y a los 21 años se muda a Madrid donde traba amistad con Dalí, Buñuel y Alberti entre otros. Rápidamente adquiere gran prestigio y popularidad. Se destaca en esta época sus Pomas del cante jondo y Romancero gitano.
Luego de una crisis emocional Lorca decide viajar a Cuba y Estados Unidos. El viaje produjo una obra maestra: Poeta en Nueva York, poemario vanguardista de denuncia social. A su vuelta se pone a escribir lo que él llama poesía y teatro de escándalo donde hace evidente su homosexualidad y defiende la libertad del amor: El diván del Tamarit y Sonetos del amor oscuro (poesía) y El público (teatro) publicados póstuma y tardíamente por causa de la censura.
A los 38 años es encarcelado y fusilado por las  fuerzas del franquismo. Su desenfadada homosexualidad y la firma del Manifiesto a favor del Frente Popular,  fueron probablemente los motivos.

Fernando Pessoa: Textos sobre la génesis de los heterónimos. Antología poética

Génesis de los heterónimos. Antología poética.


"No sé quien soy, qué alma tengo.
Cuando hablo con sinceridad, no sé, con sinceridad, qué digo. Soy cambiantemente otro distinto a un yo que no sé si existe (si es esos otros).
Siento creencias que no tengo. Me arrastran ansias que repudio. A mi perpetua atención sobre mí, continuamente surgen traiciones al alma de un carácter que tal vez no tenga, ni ella juzgue que yo tengo.
Así como el panteísta se siente árbol y hasta la flor, yo me siento varios seres. Me siento vivir vidas ajenas, en mí, incompletamente, como si mi ser participase de todos los hombres, incompleto en cada uno, por medio de una suma de no-yoes sintetizados en uno postizo."





carta astral de caeiro
La obra de Fernando Pessoa y sus múltiples heterónimos consiste en un sistema literario completo. Es una serie de autores, cada uno con una vida, un estilo y una obra propia, totalmente reconocible, que no sólo se diferencian entre sí, sino que se influyen mutuamente. A este diálogo a través de la obra de distintas voces poéticas, Pessoa lo llamó «poesía dramática». 
Cabe aclarar que la obra de Pessoa no sólo está compuesta por sus heterónimos poéticos. Hay toda una serie de narradores, filósofos, críticos, traductores que la complementan, los cuales escriben en portugués, en inglés o en francés según les corresponda. 

En la presente edición hemos intentado acercarle un poco al lector la complejidad y riqueza de este universo literario. 
La primer parte está formada por la «Carta de la génesis de los heterónimos», dirigida a Casais Monteiro en 1935, más un esbozo no enviado de la misma y un texto, de 1914, donde explica en qué consiste esta «poesía dramática».
La segunda parte es una antología de los principales heterónimos poéticos: Alberto Caeiro y sus discípulos, incluido el propio Pessoa; más su heterónimo inglés más importante: Alexandre Search. Cada heterónimo está acompañado de su biografía y la edición bilingüe de los poemas.
Hemos utilizado a modo de separadores fragmentos de sus Diarios y Textos de autoconocimiento. 
Como cierre incorporamos un listado de sus principales heterónimos con sus vínculos y relaciones. Para más información sobre los mismos se recomienda consultar el libro de Teresa Rita López, Pessoa por conocer.

En los siguientes links, algunos poemas de los heterónimos:
Alberto Caeiro
Álvaro de Campos
Ricardo Reis
Alexandre Search
Fernando Pessoa


«¿Finjo? No finjo. Si quisiera fingir, ¿para qué escribiría esto? Estas cosas pasaron, lo garantizo; dónde pasaron, no lo sé; pero fue como pasa cualquier cosa en este mundo, en casas reales cuyas ventanas se abren sobre paisajes que realmente se ven. Nunca estuve allí —¿pero acaso soy yo quien escribe?
En su vida práctica están llenos de cosas imposibles y que nunca podrían haber sucedido; en su vida sentimental, doméstica o propia, están llenos de emociones que nunca sintieron en este mundo; ¿acaso hay realidades tan presentes como estas que tal vez juzguen indefinitivas? Ah, las sombras son ustedes y sus sensaciones. La realidad, siendo verdadera, es así como estos la escribieron y como estos, que la escribieron, fueron.


No me digan que soy medium de espíritus extraños a la tierra. Con la tierra me quedo y con su ámbito azul. El horizonte incluí de cuanto yo incluyo. El resto son malos sueños que cada uno tiene consigo mismo.»

«Tuve siempre, desde niño, la necesidad de incrementar el mundo con personalidades ficticias, sueños míos rigurosamente construidos, vistos con claridad fotográfica, comprendidos por dentro en sus almas. No tenía más que cinco años y, niño aislado que no deseaba otra cosa que estar así, ya me acompañaban algunas figuras de mi sueño —un capitán Thibeaut, un Chevalier de Pas— y otros que ya he olvidado y cuyo olvido, como el recu
erdo imperfecto de estos dos, es una de las grandes saudades de mi vida.
Esto parece simplemente aquella imaginación infantil que se entretiene dándole vida a muñecos y muñecas. Era sin embargo más: no precisaba de muñecas para concebir intensamente esas figuras. Claras y visibles en mi sueño constante, exactas realidades humanas para mí, cualquier muñeco sería irreal. Ellos eran gente.
Más allá de esto, esta tendencia no pasó con la infancia, se desenvolvió en la adolescencia, se radicó con su crecimiento y, finalmente, se volvió una forma natural de mí espíritu. Hoy ya carezco de personalidad: cuanto haya en mí de humano, lo dividí entre los varios autores de cuya obra he sido el ejecutante. Hoy soy el punto de reunión de una pequeña humanidad únicamente mía.»





Fernando Pessoa
Fernando Antonio Nogueira Pessoa nace en Lisboa el 13 de junio de 1888. A los cinco años muere su padre. La madre vuelve a casarse trasladándose a Durban, Sudáfrica, donde recibe una educación inglesa. Poeta bilingüe, la influencia sajona será constante en su pensamiento y su obra. En 1905, cuando está a punto de ingresar a la Universidad del Cabo, regresa a Portugal. En 1907 abandona la facultad de letras de Lisboa e instala una tipográfica que fracasa. Empieza a trabajar como corresponsal extranjero, redactor de cartas comerciales en inglés y francés, trabajo discreto que sostendrá durante toda su vida y en el que ocupa el menor tiempo posible. Todo su interés estará centrado en su escritura y en el desarrollo de sus heterónimos, además de una cierta curiosidad por los misterios del ocultismo y la masonería.  Fue un hombre solitario pero no aislado, siempre buscó incidir en el mundo literario de las letras portuguesas. Mantuvo un vínculo cercano con unos pocos amigos, que veía en los cafés, y ninguna relación amorosa.  Gustaba de beber solo en las tabernas. Desde que vuelve a  Lisboa, a los 17 años de edad, no vuelve a salir de ella. Allí muere el 30 de noviembre de 1935, a los 47 años de edad.

La marca en la pared, de virginia Wolf

La marca en la pared y otros cuentos
La marca en la pared
y otros cuentos

Autor: Virginia Woolf
Traducción: Leticia Hernando

ISBN 978-987-3808-08-1



Índice:

La marca en la pared
Una casa encantada
La mujer en el espejo
Una novela sin escribir
Objetos sólidos
Una sociedad






Una sociedad



Así es como sucedió todo. Estábamos sentadas seis o siete de nosotras un día después del té. Algunas mirábamos del otro lado de la calle la vidriera de una sombrería donde todavía la luz hacía brillar plumas escarlatas y zapatitos dorados. Otras se ocupaban perezosamente en construir pequeños castillos de azúcar en los bordes de las tazas de té. Después de un rato, hasta donde puedo recordar, nos reunimos alrededor del fuego y comenzamos como siempre a alabar a los hombres -cuán fuertes, cuán nobles, cuán brillantes, qué valientes, qué hermosos que eran-, cómo envidiábamos a aquellas que de una forma u otra se las habían ingeniado para quedar pegada a uno de ellos de por vida; cuando Poll, que no había dicho nada, estalló en lágrimas. Poll, tengo que contarlo, siempre fue rara. Por un lado su padre era un hombre extraño. Le dejó toda su fortuna en su testamento, pero con una condición: que leyera todos los libros de la Biblioteca de Londres. La consolamos lo mejor que pudimos, pero sabíamos en nuestros corazones que era en vano. Aunque nos agradaba, Poll no era ninguna belleza; dejaba los lazos de sus zapatos desatados y debió haber estado pensando, mientras alabábamos a los hombres, que ninguna nunca iba a querer casarse con ella. Finalmente se secó las lágrimas. Por un rato no pudimos entender nada de lo que decía, tan raro era para cualquier conciencia. Nos contó que, como sabíamos, pasaba la mayor parte de su tiempo en la Biblioteca de Londres, leyendo. Había comenzado, dijo, con la literatura inglesa en el piso de arriba y estaba laboriosamente siguiendo su camino al piso de abajo donde está el Times. Y ahora quedaba la mitad, o tal vez sólo un cuarto de camino, cuando ocurrió algo terrible: no podía leer más. Lo libros no son lo que pensamos. «Los libros», gritó parándose y hablando con una intensidad y desolación que nunca voy a olvidar, «son en su gran mayoría indescriptiblemente malos».
Por supuesto exclamamos que Shakespeare escribió libros, y Milton y Shelley.
—Ay, sí —nos interrumpió—. Han sido bien educadas, puedo ver. Pero no son miembros de la Biblioteca de Londres. —Y acá volvió a llorar con más fuerza. Luego, recobrándose un poco, abrió uno de los tantos de la pila de libros que siempre cargaba con ella… Desde una ventana o En el jardín, o algún nombre por el estilo, escrito por un hombre llamado Benton o Henson o algo así. Leyó las primeras páginas. Escuchamos en silencio. «Pero eso no es un libro», dijo alguien. Así que eligió otro. Esta vez era una novela histórica, pero he olvidado el nombre del escritor. Nuestra turbación aumentaba a medida que leía. Ni una palabra parecía ser verdad y el estilo en que estaba escrito era espantoso.
—¡Poesía, poesía! —gritamos con impaciencia.
¡Léenos poesía! No puedo describir la desolación que cayó sobre nosotras mientras abría un pequeño libro y articuló esa verborragia, esa tontería sentimental que contenía.
—Eso debe haber sido escrito por una mujer —argumentó alguna de nosotras. Pero no. Nos dijo que había sido escrito por un joven, uno de los poetas más renombrados de hoy día. Les dejo a ustedes que se imaginen la conmoción que fue este descubrimiento.
Entonces todas gritamos y rogamos que no nos leyera más, insistió y nos leyó extractos de las Vidas de los Lord Chancellors. Cuando terminó, Jane, la mayor y más sabia de nosotras, se paró sobre sus pies y dijo que no estaba convencida.
—¿Por qué —preguntó—, si los hombres escriben basura como esta, nuestras madres han desperdiciado su juventud en traerlos al mundo?
Nos quedamos todas calladas y en el silencio, se podía oír el llanto de la pobre Poll: «¿Por qué, por qué mi padre me enseñó a leer?»
Clorinda fue la primera en volver a su sano juicio. «Es todo nuestra culpa», dijo. «Cada una de nosotras sabe leer. Pero ninguna, excepto Poll, se ha tomado las molestias de hacerlo. Yo, por ejemplo, he dado por sentado que era el deber de la mujer pasar su juventud criando niños. Veneré a mi madre por criar diez y aún más a mi abuela por haber criado quince; era, lo confieso, mi propia ambición criar veinte. Hemos atravesado todas estas eras  pensando que los hombres eran igualmente industriosos, que sus trabajos eran igualmente meritorios. Mientras nosotras criábamos a los niños, supusimos que ellos daban a luz libros y cuadros. Nosotras hemos poblado al mundo, ellos lo han civilizado. Pero ahora que podemos leer, ¿qué nos impide juzgar los resultados? Antes que traigamos un sólo niño más al mundo, tenemos que jurar que primero vamos a descubrir cómo es el mundo.»
Así que creamos una sociedad para hacer preguntas. Una de nosotras fue a visitar a un buque de guerra, otra se escondió en el estudio de un erudito, otra fue a una reunión de hombres de negocios; mientras todas íbamos a leer libros, mirar cuadros, escuchar conciertos, mantener nuestros ojos abiertos en la calle y hacer preguntas constantemente. Éramos muy jóvenes. Pueden juzgar nuestra simpleza cuando les diga que, antes de partir esa noche, acordamos que el objetivo de la vida era producir gente buena y buenos libros. Nuestras preguntas estaban dirigidas a descubrir cuán lejos estaban estos objetivos de ser alcanzados por el hombre. Prometimos solemnemente no traer un niño más hasta que nos sintiéramos satisfechas.
Y allí fuimos, algunas al Museo Británico, otras a la Marina Real, otras a Oxford, otras a Cambridge; visitamos la Royal Academy y al Tate; escuchamos música moderna en salas de concierto, fuimos a los Tribunales de Justicia y vimos nuevas obras. Ninguna salió a cenar sin hacerle a su compañero algunas preguntas y tomar nota cuidadosamente de las respuestas. Nos reuníamos con regularidad para comparar nuestras observaciones. ¡Qué divertidas eran las reuniones! Nunca me reí tanto como cuando Rose leyó sus notas sobre el «Honor» y describió como se había vestido como un príncipe de Etiopia para subir a bordo del buque de Su Majestad. Al descubrir la broma, el Capitán la visitó (esta vez vestido de civil), reclamando que su honor debía ser satisfecho. «¿Pero cómo?», preguntó ella. «¿Cómo?», vociferó él. «¡Con el bastón por supuesto!» Viendo que él estaba a su lado, con ira, y que había llegado su momento, se inclinó y recibió, para asombro suyo, seis pequeños golpes en el trasero. «¡El honor de la Marina Británica ha sido vengado!», gritó. Cuando Rose se levantó, vio como le corría el sudor y temblaba su mano derecha. «¡Fuera!», exclamó ella, en una actitud sorprendente, imitando la ferocidad del Capitán. «¡Mi honor aún no ha sido satisfecho!» «Hablo como un caballero», insistió, y cayó en una profunda reflexión. «Si seis azotes vengan el honor de la Marina Real», meditó, «¿cuántos vengan el honor de un civil?» Dijo que prefería llevar el caso a sus superiores. Altiva, respondió ella que no podía esperar. Él apreció su sensibilidad. «Déjame ver», grito de repente, «¿tu padre tiene un carruaje o un caballo de montar?», preguntó. «Teníamos un burro que tiraba del arado». El rostro del Capitán se iluminó. «El nombre de mi madre...», agregó ella. «¡Por todos los santos, no menciones el nombre de tu madre!», chilló temblando como un álamo y ruborizándose hasta las raíces del pelo y pasaron por lo menos diez minutos hasta que ella lo pudiera convencer de seguir. Al final decretó que si ella le daba a él cuatro azotes y medio en la parte baja de la espalda, en el lugar indicado por él (el medio azote era concedido, según él, en reconocimiento de que el tío de su bisabuela fue muerto en Trafalgar), era su opinión de que así, el honor de ella quedaría intacto. Esto fue hecho; luego se retiraron a un restauran donde bebieron dos botellas de vino que él insistió en pagar y se separaron con promesas de amistad eterna.
Luego tuvimos el divertido relato de Fanny visitando los Tribunales de Justicia. En su primera visita llegó a la conclusión que o los Jueces eran de madera o estaban siendo imitados por grandes animales semejantes al hombre que habían sido entrenados para moverse con gran dignidad, murmurando e inclinando sus cabezas. Para poner a prueba su teoría, decidió liberar a un montón de moscas azules que llevaba guardadas en un pañuelo en el momento mismo del juicio, pero le fue imposible discernir si las criaturas daban señales de humanidad porque el zumbido de las moscas hizo que se quedara dormida y sólo  despertó en el momento en que los prisioneros eran conducidos a su celda. Pero por las evidencias que trajo votamos que no era justo suponer que los jueces fueran hombres.
Helen estuvo en la Royal Academy, pero cuando le pedimos su informe de los cuadros empezó a recitar de un pequeño cuaderno azul celeste: «¡Oh! el roce de una mano desvanecida y el sonido de una voz serena. A casa llegó el cazador, a casa desde las colinas. Tira de las riendas. El amor es dulce. El amor es breve. Primavera, la justa primavera, es la agradable reina del año. ¡Oh! Estar en Inglaterra ahora que es abril. Los hombres tienen que trabajar y las mujeres tienen que llorar. El sendero del deber es el camino a la gloria...» No podíamos seguir escuchando más todo este palabrerío.
—¡No queremos más poesía! —gritamos.
—¡Hijas de Inglaterra! —comenzó ella, pero la sentamos, le volcamos un vaso de agua encima en medio del altercado.
—¡Gracias a Dios! —Exclamó, sacudiéndose como un perro—. Ahora rodaré por la alfombra y veré si puedo sacudirme lo que queda de la bandera del Reino Unido. Luego tal vez... —y acá se puso a rodar enérgicamente. Levantándose comenzó a explicarnos cómo es la pintura moderna cuando Castalia la interrumpió.
—¿Cuál es la medida promedio de los cuadros? —preguntó.
—Tal vez dos pies por dos y medio —le respondió.
Castalia tomaba nota mientras Helen hablaba y, cuando hubo terminado y nosotras tratábamos de no cruzar las miradas, se levantó y dijo:
—Porque así lo quisieron, pasé la última semana en Oxbridge, disfrazada de la mujer que limpia. Así tuve acceso a los cuartos de varios profesores y ahora voy a tratar de darles sólo una idea —se quebró—. No se me ocurre como hacerlo. Es todo tan raro. Estos profesores —continuó—, viven en amplias casas construidas alrededor de una parcela de césped cada una, en una especie de celda personal. Pero tienen todas las ventajas y comodidades. Sólo tienen que apretar un botón o encender una pequeña lámpara. Sus papeles están bellamente rellenos. Los libros abundan. No hay ni niños ni animales, salvo una media docena de gatos y un viejo pájaro, un gallo. Recuerdo —aquí se quebró —, una tía mía que vivía en Dulwich y tenía cactus. Una llega al conservatorio a través del cuarto doble de dibujo y allí, entre las pipas encendidas, había docenas de ellos, feos, achaparrados, pequeñas plantas espinosas cada uno, en punto separados. Una vez cada cien años florece el aloe, eso dijo mi tía. Pero murió antes que sucediera.
Le pedimos que fuera al punto.
—Bueno —dijo resumiendo—, cuando el profesor Hobkin salió, examiné el trabajo de toda su vida: una edición de Safo. Es un libro extraño, de seis, siete pulgadas de grosor, no todo escrito por Safo. No. La mayor parte es una defensa de la castidad de Safo, que algún alemán ha negado, además les puedo asegurar la pasión con la que estos dos caballeros discutían, los estudios que desplegaban, la prodigiosa ingenuidad con la que disputaban sobre el uso de algún implemento que, a mí me parecía entre todas las cosas una hebilla de pelo; me quedé estupefacta, sobre todo cuando se abrió la puerta y entró el profesor Hobkin en persona. Un agradable caballero, viejo y blando, pero ¿qué podía saber él de la castidad?
La malinterpretamos.
—No. No —protestó, estoy segura que es el alma misma del honor; no es que el capitán de Rose no lo sea tampoco. Estaba pensando más bien en los cactus de mi tía. ¿Qué pueden saber de la castidad?
Le volvimos a pedir que no se desviara del punto: ¿ayudaban los profesores de Oxbridge a producir buena gente y buenos libros?, los objetivos de la vida.
—¡Eso! —exclamó—, Nunca se me ocurrió preguntar. Nunca me pensé que pudieran producir cualquier cosa.
—Creo —dijo Sue— que cometiste algún error. Probablemente el Profesor Hobkin era un ginecólogo. Un sabio es un tipo de hombre muy diferente. Un sabio rebosa humor e invención; tal vez sea adicto al vino, ¿qué importa?... es una compañía deliciosa, generoso, sutil, imaginativo, así como es razonable. Porque pasa su vida en compañía de los seres humanos más finos que hayan existido.
—Hum —dijo Castalia—. Tal vez mejor vuelvo y lo intento otra vez.
Algunos tres meses más tarde, sucedió que estaba sentada sola cuando entró Castalia. No sé que había en su mirada que me conmovió tanto, pero no me pude contener y, mientras atravesaba elegante el cuarto, la estreché entre mis brazos. No sólo estaba muy hermosa, parecía también estar entre los espíritus más altos. ¡Qué feliz se te ve!, exclamé mientras se sentaba.
—He estado en Oxbridge —dijo.
—¿Haciendo preguntas?
—Respondiéndolas —contestó.
—¿No habrás roto nuestro juramento? —dije con ansiedad, notando algo en su figura.
—Ah, el juramento —dijo distraída—. Voy a tener un bebé, si es a lo que te referís. No te podes imaginar —soltó—, cuán excitante, cuán hermoso, cuán satisfactorio.
 —¿Qué cosa? —pregunté.
—Re-re-responder preguntas —replicó algo turbada. Luego me contó toda su historia. Pero en el medio de un suceso que me interesaba y excitaba más que cualquier cosa que haya alguna vez escuchado, lanzó el grito más extraño, mitad hurra, mitad aullido.
—¡Castidad! ¡Castidad! ¡Dónde está mi castidad! —gritó—. ¡Ayuda! ¡Ho! El aroma de la botella.
No había nada en el cuarto más que un frasco con mostaza, que estaba por administrarle cuando recobró la compostura.
—Deberías haberlo pensado tres meses atrás —le dije con severidad.
 —Es verdad —contestó—. No tiene sentido pensarlo ahora. Fue una desgracia, dicho sea de paso, que mi madre me haya llamado Castalia.
—Oh, Castalia, tu madre… —empezaba a decir cuando agarró la mostaza.
—No, no, no —dijo sacudiendo la cabeza—. Si vos misma fueras una mujer casta, habrías gritado al verme; en vez de eso corriste por el cuarto a tomarme entre tus brazos. No, Cassandra. Ninguna de las dos somos castas.
Y así seguimos hablando.
Mientras tanto el cuarto se fue llenando, porque era el día acordado para discutir los resultados de nuestras observaciones. Cada una, creo, se sintió como yo frente a Castalia. La besaban y le decían cuan felices estaban de verla otra vez.  Entrando en detalles, cuando estuvimos todas juntas, Jane se levantó y dijo que era tiempo de comenzar. Comenzó diciendo que veníamos haciendo preguntas por cinco años y que creía que los resultados eran necesariamente inconclusos. Acá Castalia me codeo y susurró que no estaba tan segura de esto. Luego se levantó e, interrumpiendo a Jane en medio de una oración, dijo:
—Antes que continúes diciendo nada, quiero saber: ¿Puedo permanecer en el cuarto? Porque, agregó, tengo que confesar que soy una mujer impura.
Todas la miramos asombradas.
—¿Vas a tener un bebé? —preguntó Jane.
Asintió con la cabeza.
Era extraordinario ver las distintas expresiones en sus rostros. Una especie de zumbido entre dientes recorrió el cuarto, donde pude pescar las palabras: «impudica», «bebé», «Castalia», y así. Jane, que estaba considerablemente conmovida, lo expresó claramente:
—¿Tiene que irse?, ¿Es impura?
Un rugido llenó el cuarto que pudo haber sido escuchado afuera, en la calle.
—¡No! ¡No! ¡No! ¡Dejémosla quedarse! ¿Impura? ¡Pavadas! Aún así imaginé que algunas de las más jóvenes, chicas de diecinueve o veinte años, se contenían como agobiadas por la timidez. Luego todas la rodeamos y empezamos a hacerle preguntas. Finalmente vi a una de las más jóvenes, que se había mantenido alejada, acerarse tímidamente y decirle:
—Entonces, ¿Qué es la castidad? Quiero decir, es buena o es mala, o no significa nada de nada?
Le contestó tan bajo que no pude comprender lo que decía.
—Saben —dijo otra—, estuve en shock por lo menos diez minutos.
—En mi opinión —dijo Poll que estaba volviéndose irascible de estar siempre leyendo en la biblioteca de Londres—, castidad no es más que ignorancia, el estado mental más indigno. Deberíamos admitir solamente a las impuras en nuestra sociedad. Voto porque Castalia sea nuestra presidente.
Esto fue discutido violentamente.
—Es injusto etiquetar a la mujer como casta o indecente —dijo Poll—. Algunas de nosotras tampoco tuvieron la oportunidad tampoco. Es más, no creo que Cassy misma sostenga que actuó como lo hizo por puro amor al conocimiento.
—Él sólo tiene 21 y es divinamente hermoso —dijo Cassy, con un gesto arrebatador.
—Propongo —dijo Helen—, que nadie pueda hablar de castidad o pureza salvo aquellos que están enamorados.
—Ah, tonterías —dijo Judith, que había estado investigando en los asuntos científicos—, no estoy enamorada y estoy deseando exponer mi punto de vista por estar con prostitutas y vírgenes fertilizadas por un Acto del Parlamento.
Siguió contándonos de un invento suyo para permanecer erguida en las estaciones del subte y otros espacios públicos, el cual, luego de pagar una pequeña tarifa, debería proteger la salud de la población, acomodar a sus hijos, liberar sus hijas. Luego había ideado un método para preservar en tubos sellados el germen del futuro Lord Chancellor o de «poetas o pintores o músicos», continuó, «supongan, es un decir, que esta forma de reproducirse no está extinta y que las mujeres desean seguir engendrando niños…»
—¡Claro que queremos engendrar niños! —gritó Castalia, impaciente. Jane golpeó la mesa.
—Ese es el punto mismo a considerar por el  que nos hemos reunido —dijo—. Por cinco años hemos tratado de encontrar si tenemos alguna justificación en continuar con la raza humana. Castalia se ha anticipado a nuestra decisión. Pero permanece para el resto de nosotras para tomar una decisión.
Entonces, una tras otra de nuestras mensajeras se levanto y entregó su informe. Las maravillas de la civilización excedían ampliamente nuestras expectativas y, mientras aprendíamos por primera vez cómo el hombre volaba por el aire, conversaba a través del espacio, penetraba en el corazón de un átomo y llenaba el universo con sus especulaciones, un murmullo de admiración brotaba de nuestros labios.
—¡Estamos orgullosa —gritamos—, que nuestras madres hayan sacrificado su juventud en causas como estas!
Castalia, que había estado escuchado atentamente, se veía más orgullosa que el resto. Luego Jane nos recordó que todavía nos faltaba mucho por aprender y Castalia nos suplicaba que nos apuremos. Seguimos a través de un embrollo de estadísticas. Aprendimos que Inglaterra tiene una población de tantos millones y que tales y tales porcentajes tienen constantemente hambre y están prisión; que el tamaño promedio de la familia de un trabajador es tal y que un gran porcentaje de mujeres muere por enfermedades derivadas del parto. Se leyeron informes de visitas a fábricas, negocios, suburbios y astilleros. Se hicieron descripciones de la Bolsa de Comercio, de una casa gigante de negocios en la City y de una Oficina de Gobierno. Las Colonias Británicas se discutieron entonces y se hizo algún reporte de nuestro rol en India, África e Irlanda. Estaba sentada junto a Castalia y me di cuenta de su desasosiego.
—Así nunca vamos a llegar a ninguna conclusión —dijo—. Mientras se pone en evidencia que la civilización es mucho más compleja de lo que pensábamos, no sería mejor que nos limitáramos a nuestra pregunta original? Acordamos que el objetivo de la vida es producir buena gente y buenos libros. Todo este tiempo hemos estado hablando de aviones, fábricas y dinero. Hablemos del hombre mismo y sus artes, porque ese es el corazón del asunto.
Entonces las comensales se adelantaron con unos papelitos largos que contenían las respuestas a sus preguntas. Habían sido delineadas después de largas deliberaciones. Un hombre bueno, convenimos, debe en todo momento ser honesto, apasionado e inocente. Pero que un hombre en particular tenga o no estas cualidades, sólo puede ser descubierto por medio de un interrogatorio, con frecuencia comenzando desde una remota distancia con respecto al centro.  ¿Es Kensingtong un lugar lindo para vivir? ¿Dónde está siendo educado tu hijo… y tu hija? Ahora, por favor, dígame ¿cuánto paga por sus cigarrillos? Por cierto, ¿es Sir Joseph un baronet o sólo un caballero? Con frecuencia parece que aprendemos más de preguntas triviales de este tipo que de otras más directas. «Acepté mi título», dijo Lord Bunkum, «porque mi esposa lo deseaba». Olvidé cuantos títulos fueron aceptados por la misma razón. «Trabajando quince horas de las veinticuatro como hago yo …» comienzan diez mil hombres profesionales.
«No, no, por supuesto que no sabés leer ni escribir. ¿Pero porqué trabajás tanto?» «Mi querida señora, con una familia que crece…» Sus esposas lo desearon también o tal vez fue el Imperio Británico. Pero más significativas que las respuestas, fueron las negativas a responder. Muy pocos quisieron responder a preguntas sobre moral y religión, y las respuestas dadas no fueron serias. Preguntas sobre el valor del dinero y el poder fueron casi invariablemente ignoradas o empujadas a un extremo riesgo de la respuesta.
—Estoy seguro —dijo Hill—, que si Sir Harley Tighboots no hubiera estado trozando el cordero cuando le pregunté por el sistema capitalista, me hubiera cortado el cuello. El único motivo por el que nos escapamos vivas es porque una y otra vez los hombres están muy hambrientos y muy caballerosos. Nos menosprecian demasiado para preocuparse por lo que decimos.
—Por supuesto que nos menosprecian —dijo Eleanor—. Al mismo tiempo, cómo explicás esto: estuve preguntando entre los artistas. Ahora, ninguna mujer ha sido nunca artista, ¿o sí, Polls?
—Jane Austen, Charlotte Bronte, George Eliot —gritó Poll, como un hombre vendiendo pasteles en la calle.
—¡Maldición con la mujer! —exclamó alguien—. ¡Qué molestia es!
—Desde Safo no ha habido una mujer de primera categoría… —empezó Eleanor, citando de un revista semanal.
—Ya es bien conocido que Safo es de alguna forma la invención lasciva del profesor Hobkin —interrumpió Ruth.
—Como sea, no hay motivo para suponer que alguna mujer haya tenido alguna vez la posibilidad de escribir o vaya a tenerla —continuó Eleonor—. Sin embargo, cuando estoy con autores, nunca paran de hablarme de sus libros. ¡Magistralmente! ¡O del mismo Shakespeare! (porque uno debe decir algo), y estoy segura me creen.
—Eso no prueba nada —dijo Jane—. Todos lo hacen. Solo que —susurró—, esto no parece ayudarnos mucho. Tal vez la próxima deberíamos examinar literatura moderna. Liz, es tu turno.
Elizabeth se levantó y dijo que para poder seguir con su investigación, tuvo que vestirse de hombre y hacerse pasar por un reportero.
—He estado leyendo nuevos libros muy frecuentemente en los últimos cinco años —dijo—. Mr Weiss es el escritor vivo más popular, luego viene Mr Arnold Bennett y después, Mr Compton Makenzie, Mr McKenna y Mr Walpole pueden ser ubicados en la misma categoría —dijo y se sentó.
—¡Pero no nos has dicho nada! —exclamamos—. O querés decir que estos señores han sobrepasado ampliamente a Jane, Elliot y que la literatura es… ¿dónde está tu informe?, ah sí, a salvo en sus manos.
—A salvo, bastante a salvo —dijo, apoyándose incómoda en un pie y en otro—. Y estoy segura que dan más de lo que reciben.
Todas estábamos seguras de eso.
—Pero —la presionamos—, ¿escriben buenos libros?
—¿Buenos libros? —dijo mirando al techo—, Deben recordar —empezó a hablar rapidísimo—, que la literatura es el espejo de la vida. Y no pueden negar que la educación es de la más alta importancia, y que sería extremadamente asombroso, si te encontraras en Brighton tarde a la noche, sin saber cuál es la mejor hostería para hospedarse, y supongan que es una tarde lluviosa de domingo… ¿no sería lindo ir al cine?
—¿Pero qué tiene eso que ver? —preguntamos.
—Nada… nada… nada de todas formas —respondió.
—Bueno, decinos la verdad —le reclamamos.
—¿La verdad? Pero no es maravillosa —se quebró—, Mr Chitré ha escrito un artículo semanal por los últimos treinta años sobre el amor o tostadas con manteca y ha enviado a su hijo a Eton…
—¡La verdad! —exigimos.
—Ah, la verdad —tartamudeó—, la verdad no tiene nada que ver con la literatura —y, sentándose, se negó a decir ninguna palabra más.
Todo esto nos pareció muy inconcluso.
—Señoras, debemos tratar de sumar los resultados—, estaba empezando Jane cuando un rumor, que veníamos escuchando de tanto en tanto a través de la ventana abierta, apagó su voz.
—¡Guerra! ¡Guerra! ¡Guerra! ¡Declaración de guerra!—, gritaban los hombres abajo, en la calle.
Nos miramos a cada una con horror.
—¿Qué guerra? —gritamos—, ¿Qué guerra?
Demasiado tarde recordamos, que habíamos olvidado enviar a alguna a la Cámara de los Comunes. Nos la habíamos olvidado totalmente. Nos volvimos a Poll, que había llegado a las estanterías de historia en la Biblioteca de Londres y le pedimos que nos explicara.
—¿Porqué —gritamos— los hombres hacen la guerra?
—A veces por una razón, a veces por otra —respondió con calma—En 1760, por ejemplo…  —Los gritos afuera ahogaron su voz—. Otra vez en 1797… en 1804… fueron los austríacos en 1866, 1870 fue la guerra franco-prusiana… 1900 por otro lado…
—¡Pero estamos en 1914! —la cortamos.
—Ah, no sé porqué están yendo a la guerra ahora —admitió.
*
La guerra había terminado y la paz estaba en proceso de ser firmada, cuando me volví a encontrar con Castalia en el cuarto donde solíamos tener nuestras reuniones. Empezamos a pasar perezosamente las páginas del libro de actas.
—Raro —musité— ver lo que penábamos cinco años atrás.
—Acordamos —acotó Castalia, leyendo sobre mi hombro— que el objetivo de la vida es producir buena gente y buenos libros —No hicimos ningún comentario al respecto—. Un hombre honesto es en todo momento honesto, apasionado e inocente.
—¡Qué lenguaje más femenino! —observé.
¡Ay, querida! —exclamó Castalia, alejando el libro de ella—, ¡qué tontas que éramos! Fue todo culpa del padre de Poll —prosiguió—. Creo que lo hizo a propósito… ese testamento ridículo, quiero decir, obligando a Poll a leer todos los libros de la Biblioteca de Londres. Si no hubiéramos aprendido a leer —dijo con amargura—, talvez podríamos seguir criando niños en la ignorancia y esa creo, era la vida más feliz, después de todo. Sé lo que vas a decir sobre la guerra —me frenó—, y el horror de criar niños para verlos asesinados, pero nuestras madres lo hicieron, sus madres antes de ellas. Y no se quejaron. No sabían leer, pero ¿qué sentido tiene? Ayer encontré a Ann con un diario en la mano y me estaba empezando a preguntar si era ‘verdad’. Luego me pregunto si Mr Loyd George era un buen hombre, después si Mr Arnold era un buen novelista y finalmente si creía en Dios. ¿Cómo puedo hacer que mi hija crea en nada? —demandó.
—¿Seguro que podrías enseñarle que el intelecto del hombre es, y siempre va a ser, fundamentalmente superior al de las mujeres? —sugerí.
Se animó y empezó a pasar las hojas de nuestro viejo libro de actas otra vez.
—Sí —dijo—, piensa en sus descubrimientos, sus matemáticas, su ciencia, su filosofía, su escolaridad… —y entonces empezó a reirse—. Nunca me voy a olvidar del viejo Hobkin y la hebilla —dijo y siguió leyendo y riendo, y creía que estaba contenta, cuando de repente arrojó el libro y estalló: —Ay, Cassandra, ¿por qué me atormentás? ¿Acaso no sabés que nuestra creencia en el intelecto del hombre es la mayor de las mentiras?
—¿Qué? —exclamé—. Preguntale a cualquier periodista, maestro de escuela, político o guardia en la tierra y te van a decir que los hombres son mucho más inteligentes que las mujeres.
—Si tuviera dudas —dijo despectivamente—, ¿cómo podrían ayudarme? ¿No los hemos criado y alimentado y cuidado confortablemente desde el comienzo de los tiempos para que puedan ser inteligentes incluso si no son nada más? ¡Es todo logro nuestro! —gritó—. Insistimos en tener intelecto y ahora lo tenemos. Y es el intelecto —continuó—, lo que está en el fondo de todo. ¿Qué puede ser más encantador que un chico antes que haya empezado a cultivar su intelecto? Es hermoso de mirar, no se da aires de nada, entiende el sentido del arte y la literatura instintivamente, sale a disfrutar su vida y hacer que otras personas disfruten de la suya. Después le enseñan a cultivar su intelecto, se convierte en abogado, en funcionario, en general, en autor, en profesor. Todos los días va a una oficina. Todos los años publica un libro. Mantiene a toda la familia con los productos de su cerebro… ¡pobre diablo! Pronto no puede entrar en un cuarto sin hacernos sentir incómodas; condesciende a cada mujer que encuentra y se atreve a no decir la verdad incluso a su propia esposa, en vez de alegrarnos de verlo, tenemos que cerrar nuestros ojos para abrazarlo. Verdad es que se consuelan con estrellas de todo tipo, condecoraciones de todas formas e ingresos de todas las medidas… pero, ¿eso nos consuela a nosotras? ¿que dentro de diez años nos esté permitido pasar un fin de semana en Lahore? ¿o que en Japón haya un insecto con un nombre dos veces más largo que su propio cuerpo? Ah, Cassandra, por el amor de Dios, ¡que podamos diseñar un método por el cual los hombres engendren niños! Es nuestra única oportunidad. A menos que les brindemos alguna ocupación inocente no vamos a tener ni buena gente ni buenos libros. Vamos a perecer bajo los frutos de su frenética actividad y ni un ser humano va a sobrevivir para saber que en algún tiempo existió Shakespeare!
—Es demasiado tarde —respondí—. Ni siquiera podemos mantener a los hijos que tenemos.
—Y después me decís que crea en el intelecto —dijo.
Mientras hablábamos, un hombre lloraba ronco y sin fuerzas en la calle, al escuchar, oímos que el Tratado de Paz acababa de ser firmado. Las voces se alejaron. La lluvia caía  e interfirió sin dudas con la explosión apropiada de fuegos artificiales.
—Mi cocinera va a traer las Evening News —dijo Castalia—, y Ann lo va a estar deletreando con el té. Tengo que ir a casa.
—No es bueno, no es para nada bueno —dije—. Una vez que sabe leer sólo hay una cosa que le puedes enseñar a creer… y es en ella misma.
—Bueno, eso sería un cambio —suspiró Castalia.
Así que juntamos los papeles de nuestra sociedad y, aunque Ann estaba jugando feliz con su muñeca, solemnemente le dimos de regalo la pila y le dijimos que la habíamos elegido Presidente de la Sociedad del futuro… después de lo cual se echó a llorar, pobre chica.